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El afilador de canciones

Blas Fernández | 2 de marzo de 2013 a las 5:00

Nick Cave, durante la presentación en Berlín de ‘Push The Sky Away’. / EFE

Push The Sky Away. Nick Cave & The Bad Seeds. Rock. Popstock! CD / LP

La primera sensación es casi de incómoda sorpresa: oh, no es el disco de Nick Cave que estábamos esperando… Pero para contextualizar, conviene recapitular.

Punto uno, el lapso: las malas semillas no entregaban un nuevo álbum desde aquel volcánico Dig, Lazarus, Dig!!! (2008). Punto dos, las pistas: en ese periodo, el australiano universal ha despachado sendos discos de Grinderman, en ocasiones trasunto indómito de aquella lacerante salvajada originaria que amenazaba con garras y colmillos desde The Birthday Party (fiesta a la que uno sólo podía autoinvitarse bajo su propia cuenta y riesgo). Punto tres, Mick Harvey: el veterano multinstrumentista, escudero de Cave desde esos tiempos remotos, recogió sus bártulos tras la bíblica exhumación de los restos de Lázaro dejando una incógnita y un hueco… Punto cuatro, Warren Ellis: …que convirtió al violinista, también multinstrumentista, también compañero de largo recorrido, en una suerte de oportuna muleta a la hora de afrontar nuevos retos. Y punto cinco, las bandas sonoras: Cave y Ellis afianzaron complicidades más allá de Grinderman en composiciones creadas para la pantalla. Lo hicieron un año antes de Dig, Lazarus, Dig!!! en la perturbadora partitura de la no menos inquietante The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, de Andrew Dominik, y reincidieron después, por partida doble, junto a John Hillcoat, ya fuera compilando y escribiendo ex profeso para Lawless (2012, con nuestro propio hombre como coguionista) o firmando el score completo de la adaptación cinematográfica de The Road, de Cormac McCarthy (2010).

Claro que, todas estas consideraciones vienen a renglón seguido. La sensación en las primeras escuchas, insisto, es de extrañeza, pues Push The Sky Away enseñorea desde el comienzo una condición de falso disco calmo –como la fiereza a bocajarro, algo también muy caro al ánimo musical bipolar de Cave–, en el que las turbulencias viajan soterradas. Ya sabe, envueltas en un halo de derrota…

http://vimeo.com/58969443

¿Qué esperábamos entonces? ¿Un encauzado subidón de testosterona? Pues no, se ve que no tocaba. Y si así resulta quizás se deba a que Nick Cave trasciende ya los márgenes autoimpuestos bajo una u otra denominación: no es el Cave de Grinderman; no es el de The Bad Seeds; no es, ni mucho menos, el (very) angry young man de The Birthday Party; no es el de las bandas sonoras… Es Nick Cave, sin más, esquivando las previsiones e instalado en un limbo atemporal desde el que se permite hacer justo lo que le pide el cuerpo, muy probablemente sin caer siquiera en la cuenta de que la testaruda excelencia de su trabajo reemplazará la inicial extrañeza, tras sucesivas escuchas –se necesitan varias y dedicadas–, por la habitual admiración.

Y así, poco a poco, calando lenta pero impenitentemente, Push The Sky Away desvela su silueta de gran disco, inesperado, sí, pero quizás por ello también autónomo en su contrastada condición de obra autosuficiente –incluso autorreferente: es el Cave baladista asesino, el de la procesión por dentro–.

Aunque agradecida, la reincorporación del histórico bajo de Barry Adamson a las malas semillas resulta poco menos que anecdótica, pero contribuye con elegancia a ese predominio absoluto de las atmósferas cinemáticas –cuerdas, teclados, loops, baterías arquitectónicas: la mano de Ellis– en el que la guitarra, antaño llave, es un invitado ocasional -eso sí, cuando irrumpe, como en la enigmática Higgs Boson Blues, reina-.

Cimentado en ese oficio inquieto que rehúye el formalismo –pese a su incontestable condición clásico, Cave esquiva el apego al canon y aún revela fuerzas para seguir probando-, Push The Sky Away sirve nueve canciones que terminan por mostrar, peligrosas, su afilada vocación: rasgar la coraza de la atención casual y obligarnos a concentrar los sentidos, satisfechos, al cabo, con la belleza y turbación de un álbum a la altura de la leyenda.

Nick Cave, el empuje del bardo

Blas Fernández | 9 de marzo de 2008 a las 19:51

Portada

Dig, Lazarus, Dig!!! Nick Cave. Mute. Rock. LP / CD

Nick Cave en el FIB 2005. Foto: Kai Forsterling / EFE

Embarcado en un envidiable ritmo de producción -y perdón por utilizar esta palabra cuando de lo que se habla es de música- que lo lleva a planear cada nuevo capítulo de su ya muy dilatada carrera con meses o incluso años de anticipación -apuntemos, en los tres últimos años, entre otros, las bandas sonoras de The Proposition (Guy Pierce) y The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford (Andrew Dominik); el doble álbum Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus y su traslación al directo recogida en el disco The Abattoir Blues Tour; y la puesta en marcha, con resultados más que notables, de esa especie de versión reducida de las malas semillas que es Grinderman-, Nick Cave, inagotable y torrencial, vuelve a reactivar a The Bad Seeds tras un periodo de aparente barbecho. Y si eso es siempre una buena noticia -van 14-, más lo es aún comprobar que la malacostumbrada espera ha merecido la pena.

Dig, Lazarus, Dig!!!, grabado con la misma formación y hasta el mismo productor del doble anterior, maneja similares claves, registros y temáticas -con especial reincidencia en esa atávica visión adoptada por el australiano, entre fatalista y redentora, de la reinterpretación que la América profunda parece haber hecho del cristianismo- que la entrega precedente, en particular de Abattoir Blues. Esto es, la silueta del monumental y atípico crooner que Cave es tiende a diluirse, con excepciones, a favor de ese otro músico apabullante que, como el Lázaro de la canción que da título al álbum, se exige empuje, coraje para seguir adelante.

De los beneficiosos efectos de esa imposición dejan constancia en el nuevo álbum -tras varias escuchas: las primeras despistan- prácticamente cada uno de sus cortes -la tensión se materializa en el primero y homónimo, se transforma en inquietud en Night of The Lotus Eaters o se relaja adaptando un ropaje de rock&roll clásico, convenientemente ralentizado, en la postrera More News From Nowhere, siempre al sabio antojo del bardo-, pero al menos tres pueden y deben figurar en la larga lista de grandes, enormes canciones que Nick Cave nos ha regalado hasta la fecha.

Albert GoesWest puede evocar, en la lejanía, al Lou Reed de Transformer, pero esconde una bomba de relojería en su estribillo -se diría que toda la canción es un arrebatador estribillo-; Hold On To Yourself es, por su parte, un medio tiempo de profundidad intimidatoria sólo atemperada por la dulzura de la melodía y el bello contrapunto marcado por la guitarra de Mick Harvey; y Midnight Man, por último, es una de esas canciones de arranque modesto que se van retroalimentando hasta explotarte en las narices. Sólo por ellas la escucha de Dig, Lazarus, Dig!!! ya merece la pena.