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Territorios 2012: Truco o trato

Blas Fernández | 19 de mayo de 2012 a las 15:26

Tricky, durante su actuación. / Foto: Juan Carlos Muñoz

¿Maxinquaye íntegro? Vamos, Tricky, por favor, no te quedes más con tu público… Fue que no: uno de los más sonados reclamos en la primera jornada de la XV edición del festival Territorios Sevilla, anoche en el Monasterio de La Cartuja –esto es: la revisión completa de aquel monumental álbum de 1995, uno de los tres pilares junto al Blue Lines de Massive Attack y el Dummy de Portishead de lo que luego se llamó trip-hop– quedó en eso, en mero reclamo, un truco del de Bristol para reorientar la atención de promotores y audiencias –fugaz, a tenor de lo visto– sobre una escueta silueta que en lo discográfico hace tiempo que no levanta cabeza.

No. Tricky, acompañado de una también escueta y solvente formación, en la que la bella Martina Topley-Bird (*) Franky Riley lo superaba en voz y sensatez, picó de aquel título como si fuera, porque lo es, inevitable hacerlo, pero lejos de cumplir lo prometido prefirió presentar un concierto abonado al efectismo –con subida al escenario incluida de fans incrédulos y extasiados; “momento Inhumanos”, dijo alguien a mi lado– que parecía fiar a su mera presencia sobre las tablas el peso de la atracción. Y otra vez no, porque aunque ejerciera de jefe, también ahí Martina (**) Franky se lo comió cada vez que abrió su hermosa boca.

La cosa tuvo sus instantes, sus ráfagas de brillo, pero se debieron antes a la compañía –a la altura de la mesa de mezclas, los bajos sacudían el estómago justo como uno esperaba que lo hicieran– que a una actitud en apariencia abonada a la inercia. Lástima.

Antes de eso ya habían pasado muchas cosas en una velada felizmente reseñable por la resolución del más criticado inconveniente de la edición anterior: la ubicación de los dos escenarios grandes en la explanada del monasterio descongestiona el interior y elimina los molestos (y algo más) colapsos. A falta de cifras oficiales, la muy notable afluencia de público no ocasionó tapones y el tráfico entre unas y otras tablas se realizó con absoluta fluidez.

Y para tablas, claro, las de Kiko Veneno. Mientras que en el escenario Territorios Love of Lesbian –penúltimo paradigma de ese pop de temporada con ínfula de independencia y hechuras reales propias de los 40 Principales–, el hombre de los cantecitos arrancaba en el Cruzcampo sumando instrumentistas poco a poco –en Memphis Blues Again, su más célebre apropiación dylaniana, apenas flanqueado por las siempre impecables guitarras de Raúl Rodríguez y Charlie Cepeda– hasta completar la formación y satisfacer con creces a la nutrida y rumbera parroquia.

Al mismo tiempo, un auténtico compromiso solapado, Tortoise prolongaba su extenuante minigira española en el escenario Ron Brugal –cuatro conciertos en cuatro días en cuatro ciudades distintas– iniciando una actuación que apuntaba al puro trámite pero que, sorpresa, fue creciendo en intensidad a medida que el quinteto de Chicago experimentaba el feedback con su audiencia. Y para cuando sonó In Sarah, Mencken, Christ And Beethoven There Were Women And Men –en directo, siempre reforzando su toque bossa con la contundencia de dos baterías simultáneas–, la comunión ya era completa. Hasta tuvieron que hacer bis, rara avis en festivales.

Zatu, primero por la izquierda, junto algunos invitados de la lista. / Foto: Juan Carlos Muñoz

En el Cruzcampo, SFDK pasaba lista a su Lista de invitados con absoluta entrega y sonido impecable. Jugaban en casa, pero en cualquier otro sitio su concienzudo espectáculo ad hoc hubiera cosechado el mismo resultado. Ovación y vuelta al ruedo.

Aplausos, y volumen total, se vivían también en el escenario Territorios con unos reivindicativos Amaral –guiño incluido a universitarios, con razón, indignados–, responsables de abrir ese grifo por el que hoy se derraman hacia las grandes audiencias grupos como los mencionados Love of Lesbian, Vetusta Morla y tantos otros: pop mainstream con fijación en el indie. Sin embargo, en ellos no hay treta ni necesidad de justificación; subieron, bajaron y volvieron a subir todos los peldaños necesarios, y fueron de los primeros en hacerlo, que ahora los aúpa a otra categoría. Algo incuestionable, al margen del gusto o disgusto frente a sus canciones.

Pasadas las 02:30 de la madrugada, el Cruzcampo recibía a Los Enemigos, reunidos para una gira en principio ocasional –veremos– diez años después de su disolución. La situación, salvando las muchas distancias estilísticas, se presta al símil con el concierto de Tricky, pero donde en uno se observa el truco, en el otro se revela el trato.

Los Enemigos, en efecto, mantienen un trato tanto con el público que los disfrutó en su día como con ese otro más joven que los descubrió en la década de ausencia. A estos les entrega, nos entrega, justo lo que esperamos: rock de raíces clásicas –con el añejo rhythm&blues como robusto armazón– pero siempre desprejuiciado; electricidad y energía como soporte de unos textos en los que el gran Josele Santiago alterna rabia, costumbrismo, confesiones y humor corrosivo.

Así las cosas, fue empezar a sonar John Wayne e iniciarse una ceremonia nada ceremoniosa en la que la nostalgia se confundía y mezclaba con la excitación de escuchar una vez más canciones tan enormes como An-Tonio, Desde el jergón, La otra orilla y tantas y tantas otras que hoy los convierten en absolutos clásicos del rock español, casi un espécimen único disfrutado y respetado desde flancos distante y hasta contrapuestos del género melómano.

¿Cómo sonarían unas hipotéticas nuevas canciones de Los Enemigos? Josele, así lo demuestran sus discos en solitario, ha crecido hacia su interior como compositor; Fino Oyonarte, por su parte, expande el campo de acción junto a Los Eterno explorando territorios cercanos al krautrock y el op-art a lo Stereolab. ¿Qué surgiría hoy de semejante choque? ¿Tendremos alguna vez la oportunidad de comprobarlo?

(*) (**) Juan Antonio Huertas me avisa en los comentarios de que no fue Martina Topley-Bird quien acompañó a Tricky, sino Franky Riley. Les pido disculpas por tan lamentable metedura de pata.